jueves, 3 de mayo de 2012

Amar después de ti




Era una tarde de abril bella y radiante…Robert se estaba preparando para su boda y se arreglaba su esmoquin frente al espejo. Sus ojos exclamaban felicidad. Había encontrado el amor nuevamente, en aquella morena de ojos color ámbar que había conocido en un restaurante del sur de París. El mismo restaurante en el cual conoció a su antes fallecida esposa Marina. Sus ojos se humedecieron. Cuanto amó a Marina…todavía el amor le ardía en su pecho. Una brisa repentina entró por la ventana y tumbó al piso el retrato de Marina posado en su mesita de noche. Lo recogió y lo miró, ella sonreía y sintió que ella estaba con él en esos momentos. Emocionado y casi tambaleándose se aferro al espejo. Llegó a su mente aquel instante en el día de su entierro. Días antes ella había muerto de cáncer. Fue una luchadora incansable hasta su último día. Y hasta antes de morir lo último que le dijo fue cuanto lo amaba.


El día del entierro fue un calvario. Su corazón no aceptaba esa perdida y ante la mirada atónita de todos los presentes, salió corriendo del camposanto. Llegó a una playa que quedaba muy cerca y lloró hasta el cansancio. Creía morir de dolor en ese instante, pero un ruido procedente del mar lo hizo despertar, eran gaviotas hermosas que volaban frente a sus ojos y se agrupaban formando un corazón. En ese instante sintió paz en su alma, porque ese evento tan raro le decía que ella se había despedido de él y le deseaba la felicidad. Regresó al camposanto y le dijo adiós frente a su tumba. Seis meses después, la soledad lo embargaba. Pero de sólo pensar en enamorarse de nuevo le aterraba, porque era como enterrar para siempre en su corazón a Marina y no tenía el valor de hacerlo.


Un día volvió al restaurante en el cual se había enamorado de Marina, se sentó en la misma mesa recordando aquellos instantes de felicidad, cuando se le acercó una mesera para preguntarle que quería. Le sonreía, era muy bella y amable. Pero no pudo decirle nada. Se levantó y se fue. Nadie le había llamado la atención como aquella joven y tuvo miedo de esas nuevas emociones que querían cobrar vida. Salió apresurado y no regresó al restaurante, hasta que tuvo el valor suficiente para hacerlo. Volvió días después, se sentó en la misma mesa y la buscó entre la gente. Ella atendía a los clientes. Tenía una esbelta figura y sus ojos eran color ámbar.


Ella se acercó a su mesa sonriéndole y le dijo que se llamaba Grace, que ella lo atendería. El pidió dos cafés ella lo miró extrañada porque no venía acompañado, pero se los llevó. Al entregárselos él le pidió que se sentara con él y que el café era para ella. Ella aceptó gustosa y charlaron un rato, pues ella tenía que regresar a trabajar, pero antes le dio su número de teléfono. Él lo acepto temeroso y se fue del restaurante con ella en la mente. No la llamó, no tenía el valor. Pasaron los días, casi un mes, pero lo ahogaba la soledad hasta que por fin se atrevió, sonó una y dos veces iba a colgar pero ella contesto.

Su voz tan armoniosa y dulce era como canción de amor para sus oídos. Respiró hondo y le dijo quien era y la invito a salir. Ella aceptó y le dio su dirección, él jamás se arrepintió de haber tomado aquella decisión, porque Grace era una mujer maravillosa que lo comprendió y le brindó su amor incondicional. Pasaban largas horas hablando, paseaban por hermosos lugares y compartían hermosos momentos. Una noche ella lo invitó a su apartamento y le preparó una cena especial, él sabía que el momento de consumar ese amor se acercaba, y aunque la deseaba con todo su ser, el recuerdo de Marina lo hacía retroceder.


Pero recordó ese momento en la playa cuando las gaviotas le llevaron el mensaje de Marina deseándole amor y felicidad, y tomó valor. La hizo suya con pasión y derroche sintiéndose libre de aquel fantasma que lo ataba a un recuerdo, cada caricia nueva, cada beso lo llevaron a un éxtasis sin retorno del cual ya era preso. Esa fue una de las primeras noches donde consumaron su amor. Para él era un amor diferente pero lo llenaba y lo hizo feliz. Tiempo después decidieron bendecir su unión en matrimonio. Un toque en la puerta lo regresó a la realidad, era su hermano apurándolo para ir a la iglesia, dejó el retrato en la mesita de noche se secó las lágrimas y decidió ser feliz.








Glendalis Lugo@todos los derechos reservados