sábado, 22 de octubre de 2011

Sara

Sara yacía en una cama blanca de un triste hospital, moribunda por un cáncer avanzado, pálida, ojerosa y arrugada pero sus ojos brillaban, su sonrisa no apagaba, esperaba ansiosa la última visita antes que la muerte la visitara por completo. Esperaba a su hijo amado, el que la vida le había quitado por ir detrás de sueños inconclusos y de amores negados. ¡Cuánto tiempo había pasado! ni ella misma lo precisaba, quizás cuando él la viera y la mirara a los ojos sabría cuanto tiempo el reloj había marcado. Una enfermera entra la habitación y la atiende con mucho amor, mirándola con una pena que a ella le causaba desolación porque sabía que corto tiempo le quedaba, esa misma enfermera le había ayudado a dar con el paradero de su hijo Iván, ahora lo esperaba día tras día con la esperanza adherida a ella como la espuma dejada en la orilla por las olas del mar, ya terminada (con) su labor, la enfermera le deposita un beso en la frente y se retira. Tocan a la puerta, ella siente un vuelco en su corazón y dice: “pase”. Entra un hombre uniformado con cicatrices en el rostro: alto, rubio, fornido, y con unos ojos verdes que le paralizaron el corazón, era su hijo. Esos ojos verdes jamás los había olvidado, aún cuando dejara de verlos cuando él apenas crecía, él la miraba pero no la reconocía. Sara sintió tanta tristeza que pensaba que en ese instante su vida se iba pero cobró ánimo, logró levantarse, le dijo que se acercara, tocó el rostro suavemente y le dijo que no se preocupara por no reconocerla, que ella sabía que al hablar y recordar viejas anécdotas él la recordaría, él sonrió, no tuvo más miedo de no recordarla y la perdonó, dándole una última oportunidad. Así estuvieron madre e hijo por un corto tiempo, ella se recuperó un poco y pudo salir del hospital con su hijo que Dios le había devuelto. La enfermera se unió a ellos, renunciando al hospital y quedándose al cuidado de ella; compartieron, recordaron, lloraron tanto, que el amor de hijo a madre fue recuperado. Sara murió en los brazos de su hijo, su último deseo él lo había cumplido, morir mirando la noche y las estrellas con el arrullo del mar.